EL SALON DE LAVADO BY KLEINE
Nunca pensé tanto como en ese salón de lavado.
¿Qué es un salón de lavado? Es un nuevo concepto europeo para singles que por no tener lavadora en su casa (seguramente porque se trata de una habitación de estudiantes en una vivienda compartida) se ven obligados a hacer la colada en establecimientos públicos.
¿Cómo es un salón de lavado? Hilaras de lavadoras, secadoras (otro concepto europeo), paredes casi blancas (pero no), sillas... Es casi como el infierno, es un lugar en el que no se puede hacer nada más que observar a tu compañero de lavadora hasta que el centrifugado de tu lavadora termine el programa (habitualmente unos 65 minutos de media). El salón de lavado es como la sala de espera de un hospital, más o menos igual de divertida...
¿Quién va a un salón de lavado? El público estándar son hombres de entre 30 y 40. Alguien podría pensar que es un buen sito para encontrar pareja. No. Definitivamente no. Los hombres se sienten tan intimidados en el territorio femenino de las lavadoras que no muestran precisamente una actitud abierta...
Lo más importante y dramático de un salón de lavado es que te muestra la realidad más cruda en la que has elegido vivir. Te recuerda el momento en el que rompiste con tu primer novio y desaparecieron tus esperanzas de conseguir una lavadora propia de la manera tradicional. Te recuerda a cuando decidiste que tú ya eras mayorcita para hacer las cosas tú solita. Te recuerda el momento en el que decidiste que era mucho más divertido romperte los puños contra la vida que aceptar ese trabajo de secretaria de toda una planta de ejecutivos en algún edificio gris de Madrid. Te recuerda que vives en medio de alguna sociedad europea avanzada, en una habitación de pocos metros cuadrados, que no tienes cocina, que sólo puedes recurrir a las sopas de sobre cuando el hambre atenaza tu estómago y que cenas ensaladas frías todas las noches. Cuando tu lavadora de un centro de lavado en medio de alguna gran ciudad europea se convierte en un punto de referencia, entonces te das cuenta de que no estás pasando por el mejor momento de tu vida...
Lógicamente cuando empiezas a tener estos pensamientos a los 15 minutos de estar ahí sentada, viendo tus braguitas dar vueltas como locas en el prelavado, puedes llegar a derivar tus pensamientos a aspectos más profundos que el mero hecho de que tu casa no tenga cocina o que tuvieras que dejarlo con tu primer novio aunque él te hubiera prometido una lavadora.....
Piensas que haces en medio de la nada, piensas que coño se te ha perdido a ti en una ciudad en la que no conoces a nadie que no sea el portero de la oficina, piensas: ¿porqué no le hice caso a todo el mundo cuando decían que lo mejor era estudiar una ingeniería? Si hubiera estudiado una ingeniería seguro que ahora tendría ya una lavadora.... Y piensas si realmente merece la pena tener que hacer siempre la colada sola, si no será mejor ser un poco menos exigente con la vida y aceptar ya de una vez el orden establecido. Piensas en tu terapeuta, esa mujer a la que solamente ves una vez al año porque el resto del tiempo estás dado vueltas como una peonza por el mapa de Europa. Piensas que esta buena mujer tenía que razón cuando te decía que deberías sentar la cabeza por tu bien, por tu salud emocional y por tu “eje vital” (expresión que a ti todavía te impresiona porque tú ni siquiera sabías que tuvieras uno).
Y mientras tu meditas el sentido de todo este descontrol que has establecido como rutina de vida, tus braguitas siguen dando vueltas tranquilamente en el tambor de la lavadora, ajenas a tu desesperación existencial, ajenas a la desidia y el descontento.
Segundos después de haberte convencido a ti misma de que tu vida es una mierda, la lucecita roja de la lavadora, se convierte en verde. Lo que significa que tus 65 minutos de autocompasión han acabado. Tú, esperanzadamente, podrías pensar que la pesadilla ha acabado.... ¿Y la secadora? La secadora es la prueba de fuego para tus nervios... Uno podría pensar que los 15 minutos de la secadora pueden llegar a conseguir que tus braquitas vuelvan a ser las suaves braguitas que tu conocías antes de empezar este infierno del lavado... Tras los primeros 15 minutos de secadora, cuando tú pensabas que la tortura había acabado, cuando pensabas que podrías volver a tu vida normal, ignorando el hecho de tener que pasar por este caos emocional todas las semanas, entonces descubres, al abrir la secadora, que tus braguitas están tan mojadas como cuando las metiste en la secadora por primera vez. No te lo piensas dos veces, no hay otra opción, otros 15 minutos de sufrimiento esperando, viendo tus braguitas dar vueltas, aguantando la mirada estúpida de todos tus colegas de salón de lavado... Otros 15 minutos... Y, claro, tras haber maldecido al dueño del salón de lavado, a tu casero (que es tan rata que ni siquiera se preocupó de comprar una lavadora para un piso por el que pagas una pasta), a todos los idiotas que se te acercan y te preguntan si tienes cambio para poner otra lavadora (¡dios! ¡Si vas a un salón de lavado, por lo menos, llévate el dinero en monedas para poder lavar! piensas tú), después de maldecir todo lo que se pueda maldecir, desde tu propia soltería hasta el máximo responsable de que los jóvenes no tengan lavadoras en sus casas, después de esto, abres tranquilamente la puerta de tu secadora para comprobar atónitamente que tus braguitas están mojadas. Reflexión: ¿para qué se inventaron las secadoras si no secan la ropa?, ¿hay una cámara oculta en cada salón de lavado?, ¿es esto una prueba de superación que te envía algún dios superior?, ¿por qué a mí....?
Con los nervios destrozados, decides barajar las dos opciones que te presenta el destino (la de huir del país, no la llegas barajar con seriedad dado que no tienes ropa interior limpia con la que huir...): puedes poner otra secadora y convertirte en la psicópata del salón de lavado que destrozaba todas las lavadoras y secadoras que se interponían en su camino; o puedes cargar con tu ropa mojada camino a tu casa y tenderla en tu diminuto cuarto donde buenamente puedas...
Y entonces llega el momento en el que todo cambia... cierto día tú te encuentras especialmente sensible debido al creciente e interminable número de veces en las que te has visto en la misma situación de acudir con la mitad de tu armario calle abajo hacia la lavandería... Cierto día ya no puedes soportar más la idea de tener que pelearte con un montón de extraños y su ropa interior por una lavadora libre... cierto día los 60 minutos de espera ante la lavadora se hacen tan largos como una conferencia de 3 horas sobre las aplicaciones reales de los desagües ecológicos en la urbanización del siglo XXI... insoportable... soporífero... eterno... Ese cierto día, y no otro, te encuentras ya por fin sacando tus braguitas de la lavadora para preparar la secadora (por supuesto, tendrás que ponerla 3 veces para que tu ropa, aunque mojada, pase a ser transportable), cuando un desconocido decide aproximarse a ti con intenciones inciertas. La primera idea que cruza por tu mente: “¡Este hijo puta se quiere quedar con mi secadora!!!!” Debes reconocer que en este punto ya se te puede catalogar como un caso médico de ligera paranoia y manía persecutoria. Es siempre un atenuante, porque tú sin pensártelo dos veces comienzas a gritar en una lengua oficial europea: “¡No! ¡Perdón! ¡Eh! ¡No! ¡La secadora es mía!” Por supuesto, ahora te mira directamente a los ojos toooooooooodo el publico de la lavandería.... El pobre chico que se aproximaba hacia ti..... ese pobre chico quiere desaparecer de la faz de la tierra, que parece que va a sufrir una combustión espontánea por el color rojo fuego de sus mejillas.... ese pobre chico, mirando al suelo y con un castellano perfecto murmura tímidamente: “la secadora... la secadora está rota... no funciona....”.
Bien, muy bien... ¿Qué está pasando?, ¿Eras tú ya una total neurótica antes de llegar a este jodido país en medio de una nada europea? No, definitivamente, no; ¡tú antes eras normal... peculiar pero dentro de un grado, a lo sumo!! Y ahora.... mírate, gritando a los pobres chicos de la lavandería que, por otra parte, se encuentran en la misma situación que tú... Definitivamente tienes un problema, se llama “desesperación existencial”. El desgaste mental que supone vivir en una realidad paralela a acabado por hacer mella... Ahora ya eres una caso de terapia psicológica... Ahora ya puedes sentarte en el diván de alguna consulta de “terapia de desarrollo” a llorar porque te cuesta sonreír por las mañanas, porque no tienes nada divertido que decir a tus amigos (si es que los tienes), porque lucha diaria te agota hasta el punto de sólo querer dormir, porque en el trabajo no son todo lo amables que a una le parece que deberían ser, porque el vecino no es sincero y el ambiente en el que te mueves, superficial...
El chico sigue ahí mientras tu boqueas como un pez sin saber qué decir y pensando en todo esto... No... no creas que ha desaparecido... La realidad sigue ahí aunque tú hayas decidido hacer un rápido recorrido de tus surcos cerebrales....
Sonríe.. Tú sólo sonríe y simula que es lo más normal gritar a alguien en medio de un establecimiento público y luego simplemente di: “¡Hola¡ Me llamo Ana, soy de Córdoba. Y tú?”. Por lo menos acabas de justificar de una manera muy natural el tono excesivamente alto de tu voz...
La situación es insostenible, por lo que tú decides invitar al completo desconocido a tomar una cerveza en el bar de la esquina. No vaya a pensar realmente que eres una psicópata. Unas cervezas después estaba todo aclarado, el desconocido se encuentra exactamente en el mismo estado anímico que tú: él también es soltero, tampoco tiene lavadora, también es ciudadano europeo desterrado, abandonado y olvidado dentro de los límites de los países integrantes... Seguro que él también se ha encontrado tumbado en la cama durante la noche con los ojos desmesuradamente abiertos y pensando: “Fuera no hay nada, nada que me resulte un punto de referencia al que asirme, nada, una gran ciudad de nada”. Por supuesto, las cervezas y las coincidencias hicieron que la noche se transformara en risas admiraciones, interrogaciones exclamaciones y demás recursos lingüísticos. Todo un éxito dentro de la situación de neurosis apática a la que te estabas dejando arrastrar lentamente. Y uno se podría parar a pensar porqué: ¿qué dos almas podrían haberse encontrado y comprendido mejor que dos pobres víctimas de la soledad, la incomunicación emocional, el desarraigo, el destierro, la nostalgia... dos pobres víctimas del salón de lavado?
El chico se llamaba Albert, el chico que te acompañaría durante todo tu viaje. Para todo en esta vida hay un compañero de viaje, siempre hay alguien cerca de ti, que no decidió estudiar una ingeniería, siempre hay alguien que no tiene una lavadora en casa, siempre hay alguien que remotamente puede saber lo que sientes, que entiende tu situación, siempre hay alguien amable que te indica qué secadora está rota y cuál funciona. Siempre, allá donde vayas, estés donde estés, siempre hay alguien que sufre tus circunstancias parcialmente: tu compañero de viaje, ese desconocido, que tímidamente un día se ofrece a ayudar en la más ínfima tontería, pero que en realidad te está dando mucho más de lo que tú le pedías siquiera a la viada: te está dando su mano, su apoyo en un segundo de tu vida, un cigarro cuando no tienes tabaco, una sonrisa cuando el día ya ha acabado por destrozarte por dentro, un abrazo en un bar compartiendo una cerveza mientras dos establecimientos más allá se termina el programa de tu secadora, una mirada, un guiño; de alguna y cualquier manera, su apoyo. Y, entonces, todo es de repente más fácil; más tranquilo.... tal y como era antes todo, antes de que empezara la vorágine, antes de las decisiones cruciales, antes del destierro, antes de la partida, antes... es la esencia... ahora todo es como antes... tranquilo.
Gracias a todos mis compañeros de viaje...
En especial a Eli, Albert, Ana y María, que un día quisieron hacer la colada conmigo. Os necesitaba cuando llegasteis.
Pienso en vosotros cada vez que hago la colada.
2 de marzo de 2005
Blanca Nájera

2 Comments:
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